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lunes, 29 de noviembre de 2010

¿Y cómo es De Caro? o La incierta calidad de las certezas


A mis hijas, p
or no haber podido yo decirlo tan bien como Perales. Y porque sí.


Tengo un amigo.

En épocas de abundancia Made in Facebook y proliferaciones artificiosas homólogas, puede parecer poca cosa. Para mí no lo es.

Como buen ultra y sesentón, el Negro conoció el Cilindro en su versión hotelera. Milita en el MPP y en un sindicato. Buenmozote (dice él), 1.80 y pico, 90 kg de músculo y panza. Manya genuino.

Tengo más (respondió el bobo a su madre, que le decía “se te cae la baba m'hijo”). Amigos, digo. Un puñadito de gente muy distinta entre sí, con los que no necesariamente comparto ideas políticas, religiosas o filosóficas: nos alcanza con la grata sensación de ser querido y querer, más allá de los defectos. Pero el que me hizo pensar en esto fue el Negro, que me honra -además de con su afecto- con una perseverancia emocionante en la lectura de mis artículos y su comentario.

Salvo cuando puteo al DT de turno o denuncio alguna trapisonda de Paco Casal, alguno de sus siervos o adulones, es muy infrecuente que él esté de acuerdo con mis artículos. Ello no sería malo en sí (ni siquiera sería original). El problema es que nunca conseguimos discutir concretamente las opiniones y argumentos que expongo, sino que terminamos haciéndolo acerca de temas en los que su partido está en desacuerdo con el de aquellos que, según él, defiendo, beneficio o represento cuando opino algo que no le gusta.

Este fenómeno no le es exclusivo. Es más: diría que lo raro es que alguien lea lo que escribo y replique mis aseveraciones o contradiga mis argumentos con otros; y lo normal que cada uno me beneficie con el casette de su facción.

Incluso la mayoría de los que me dan la razón lo hace porque mi opinión, circunstancialmente, parece beneficiar su posición. En definitiva, casi todo el mundo me da muestras de cariño o repulsión asigún caiga el moco en su masa partidaria o fuera de ella. Es así y no me quejo.

Lil, mi Compa, me regaló hace un par de años un librito estupendo: “El día en que desperté dos veces” (© Julio De Caro, editado por Grupo Magro, 2008.). Lo recomiendo de alma. En la página 51, Don Julio iluminaba, ya entonces:

“Aunque sé que no soy el único, es claro que tengo un sistema de percepción poco fiable, del que puede depender /…/ la felicidad o el sufrimiento de mi vida /…/ Las más de las veces mis percepciones son seguramente una mezcla de datos de la realidad sobre los que hago interpretaciones muy singulares, a las que agrego invenciones producto de las ideas preconcebidas y creencias que pueblan mi mente. En función de esos prejuicios, evaluo, comparo, juzgo, infiero, supongo, deduzco y, por tanto, aquello que es real lo tiño por completo de lo absolutamente subjetivo /…/ Este proceso es tan eficiente y silencioso que salvo en casos excepcionales, no me doy cuenta de que lo hago.”. " Frecuentemente pienso que con este mismo proceso, basado en prejuicios y distorsiones, podemos llegar a considerar enemigos a gente que nunca hemos visto. Querer u odiar, en función de imágenes creadas por nuestra mente. /.../ Tal vez buena parte de las miserias humanas tenga que ver con la forma en que se desarrolla nuestro proceso de percepción.

Y agrega, lapidario:

Ahora bien: el pecado no es poseer un proceso perceptivo que distorsiona la realidad; eso es como es. El pecado es ignorar que eso es así y matar o dejarnos matar por ello.

Leí el libro hace más de dos años, pero recién ahora entendí lo que decía. (No hay caso: siempre fui medio lenteja). Lo que es peor: vengo de saber que no era necesario más que escuchar con distinta oreja al popular José Luis Perales, que te puede enseñar lo mismo sin el duro ejercicio de leer un libro.

Allá por 1994, compuso “¿Cómo es él?”, canción que hasta hace tres días asociaba yo (y mi Universo conocido) con la vistosa protuberancia que orna la cabeza del ciervo macho adulto. Incluso cuando la cantaba Fernando en APRI, le pedíamos… “Dale Meji, cantate la del cornudo.”. ¿Sabés cuál es? Al pie puse la letra. Si no la conocés, leela ahora, por favor. (1)

¿Leíste? Te propongo un ejercicio: mirá cómo cambia lo que "dice" Perales si te susurro al oído que no se la dedicó a su mujer infiel sino a su hija enamorada. Cuando me lo dijeron, no pude (ni consigo ahora) frenar las lágrimas, la vergüenza ni las ganas de que la tierra se abra y me trague. ¡Cuánta ternura, delicadeza, amor incondicional y entrega! ¡Y yo pensando en traición y humillante mansedumbre! (2) ¡Qué estúpido! ¡Qué nabo! ¡Qué ciegooo! (yo, por supuesto).

No. Ciego no. Peor: ¡Qué prejuicioso!

Recuerdo lo que sé desde hace un tiempo (no hay verdades absolutas, sólo débiles certezas y convenciones, todo es relativo y cambia, en forma brutal, según la clave que usemos para interpretar) y me avergüenzo de nuevo. Alivia mi culpa la razón de De Caro, cuando dice que lo hacemos sin darnos cuenta.

Por olvidarse de todo esto, el viejo y querido Negro (y tanta gente, querida y no, vieja o joven) no puede leer lo que escribo (yo ni nadie) con alegría, gula intelectual o afán de descubrir un nuevo punto de vista; ni ver que ese penal no fue tan penal o fue enorme según dañe o beneficie al Manya.

Conste que yo tampoco.

¿Qué cobrás? ¡Cuervoooo !!!!!


(1) Mirándote a los ojos juraría que tienes algo nuevo que contarme. Empieza ya mujer, no tengas miedo; quizá para mañana sea tarde. ¿Cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Pregúntale, ¿por qué ha robado un trozo de mi vida? Es un ladrón que me ha robado todo. Arréglate mujer, se te hace tarde y llévate el paraguas por si llueve. Él te estará esperando para amarte y yo estaré celoso de perderte. Y abrígate, te sienta bien ese vestido gris. Sonríete, que no sospeche que has llorado. Y déjame, que vaya preparando mi equipaje, perdóname, si te hago otra pregunta: ¿Cómo es él?

(2) Ni siquiera si, efectivamente, le hablara a su mujer. ¡Qué grande hay que ser para amar al punto de dejarla ir para que sea feliz con otro! ¿Por qué no le puede decir mujer a su hija si lo es? ¡ Gil, gil y gil ! (Nuevamente yo, claro :)

jueves, 8 de julio de 2010

Qué lindo ser(ía ser) uruguayo


El nativo oriental del Uruguay es un bicho raro.


Tocado por el dedo de un Dios que, estadísticamente, no existe para él (al que apela toda vez que necesita algo medio extraordinario), cada integrante de esta numéricamente pequeña nación lleva dentro de sí una brasa eterna. No digo llama porque no es: la llama se enciende cada tanto, casi casi siempre frente a la adversidad. Y eso es uno de los motivos por los que sería lindo ser uruguayo.


Vienen los Orientales de un país donde, más o menos desde siempre todo funciona más o menos bien. Al menos eso te dicen en privado; aunque si se lo preguntas en público, dirán que francamente mal, que así no se puede más, que qué espantoso, que este país no anda ni para atrás, que a qué te vas a quedar acá...


También desde más o menos siempre han desarrollado una extraña habilidad para, en medio del desprecio intelectual, apasionarse por un juego importado desde la rubia Albion, con cuyo nombre se bautizó al club verdaderamente decano (palabra ajena la primera al hispánico origen local pero que -despojada de su b final integra el lenguaje cotidiano, como despojada ha sido la segunda de su sentido verdadero por copetudos fusionados que necesitan sentirse mejor, como si ser más viejos lo fuera).


Es difícil distinguir a un oriental por su imagen externa. Discretos al extremo (saco azul, pantalón gris o combinaciones de similar moderación uniforman su apariencia.(disculpen chicas)), tampoco es la estridencia de su hablar la que les destaca en casa o por ahí, como sí a sus hermanos y vecinos.


Van por el mundo, sin embargo, portando esa brasa, alimentada por décadas de milagros ateos llamados a veces como las tribunas de su Estadio, su ciudad capital o un asentamiento mejorado, y otras Rodríguez Andrade, Vaz Ferreira, Torres García, Varela (José Pedro o Jacinto, da igual) Caldeyro Barcia, Tálice, Iglesias, Fiandra, Ott, Leborgne, Vignoli, Engler y tantos etc. como se quiera.


Si están acá le enseñan a sus hijos en casa a burlarse del himno cantando "... Orientales la papa el boniato ahí enfrente murió un perro ñato atorado con tripa de gato." y lo musitan entre dientes en las fiestas de la Escuela (salvo, a veces, dos maravillosas palabritas tan hermosas y absurdas como las seis primeras, que recuerdan a los poderosos su ominoso y parkinsoniano destino); pero si andan por ahí no lo entonan: lo gritan más con el corazón que con la garganta, que es como hacen casi todo lo que hacen bien (que, si se ponen) es casi todo.


Exterminaron a sus nativos más bravíos, aquellos que les dieron de comer a sus ancestros mejores cuando de puro orientales eligieron dejar el terruño antes que de ser ellos mismos, pero adoptaron su mote y adaptaron su temple a la criolla pachorra. Tuvieron Escuela Pública laica gratuita y obligatoria desde antes que todos y la defienden en todos los discursos y ámbitos, pero desde el más pichi hasta quienes dirigen la enseñanza y el país -si pueden- mandan a sus hijos a la privada, porque es mejor.


Bicho raro, empecé por decir.


Un uruguayo que vive acá al lado nomás, tan junto a mí que a veces me parece que está dentro, que antes me decía que el fóbal es el opio de los pueblos, me dijo hace un ratito ¡Qué lindo es ser uruguayo! ¡Así, no hay problema con perder! ¡Nos ganaron, pero no nos derrotaron!. Con un juez decente exprimíamos la naranja exprimíamos.". Cuando se enoja se pone capicúa al hablar. Simpático.


No me costó saber de qué hablaba: hace semanas que en el país no se habla de otra cosa que no sea el Mundial. En el ómnibus, en las oficinas, las escuelas, los velorios, las fiestas de guardar, sin distinción de género, edad o estatus.


"No tenemos un Messi ni un Ronaldo (en cualquiera de sus versiones), pero nos tuvieron que afanar para ganarnos. Los del 10 se tomaron el trabajo de juntar los "errores" del Uzbeko: doce, como los Apóstoles. Terminamos clavados. Tres veces, como el Flaco".


Ya les dije que en cada oriental habita un hereje.


"Los boludos de los parodistas deportivos dicen que nos ganaron bien, que son mejores. ¡Como si eso tuviera algo que ver con ganar!! Desde siempre Argentina y Brasil son mejores que nosotros, y les pintamos la cara a cada rato. Once contra catorce pueden ganar una vez, cuando los catorce son suficientemente torpes. Cuando son verdaderamente malos (que es cuando son buenos pero aviesos), sonamos".


- Dicen que no, repliqué. Que los uzbekos cantaron el himno con nosotros.


- "Capaz que es cierto, porque supieron cumplir... con el malparido de Blatter. Y bue. Ya lo hicieron con Turquía la otra vuelta para meter a Corea, y antes con Croacia. Es como cuando la Falta salió tercera en Dictadura: hay que festejar como si fuéramos campeones".


Me gustan los orientales. Estos. Que festejan cuartos puestos milagrosos para cualquier otro, despreciados hasta Malasia en uso de una superioridad que ya no es ni será tal, ahora que los demás se avivaron y no se matan entre sí, ahora que todo se ve con zoom y no podemos dar piñazos gloriosos o tirar tierra en los ojos del golero, ahora que el fútbol es negocio y espectáculo de gordos de Armani animando la economía mundial, no deporte de machos sublimando la guerra visceral.


Ojalá puedan ser así, como estas semanas. Pero siempre, no sólo al saber que se les va la vida. Siempre que sientan que los dejan injustamente sin lo suyo. Siempre. Cada día. En la calle, con la bandera de cada uno abajo de la de todos. Sonrientes y felices (no resignados o tristes) de haber nacido por azar, ya que no por gracia divina, en este maravilloso rinconcito (que no culo) del mundo, en la banda oriental del río que caracolea, donde cantan los pájaros pintados y abreva una nación absolutamente única.


Como todas. Pero suya.


Gracias gurises, por hacerme querer ser uruguayo. Otra vez.