martes, 25 de septiembre de 2012

Acerca de la despenalización, que no del aborto


Estimad@:

Este tema tiene vigencia desde siempre, y ha estado en danza desde que recuperamos la libertad. En julio del año 2003 empecé a enviar la base de este texto a todos los que creo les puede interesar o pueden hacer algo; con el res
ultado visible. Pese a que la citada vigencia vive y crece, nuestros beneméritos representantes políticos se han encargado de mantenérsela y empeorar la situación; demorando en base a sus intereses más pequeños la solución de una situación que cada dia pone en riesgo la vida y salud de cien uruguayas.

Tuvimos una Ley de despenalización del aborto con media sanción, que nunca vio la luz, amenazado por un veto de corte totalitario. Acabo de recibir un mail que mezcla la despenalización con el aborto, temas absolutamente diferentes y que deben ser analizados uno a la luz de lo moral (intrínsecamente personal) y el otro de lo legal (necesariamente social y público), por lo que me siento en la necesidad de expresar estas opiniones. A ti te toca decidir si alguna de ellas te resulta de interés. Si así no fuera, disculpame por favor por la molestia. Me pareció que el tema valía el riesgo.

Hace años que el tema de la despenalización del aborto da vueltas y vueltas, al son de la alegre música del circo político y la negra danza de las sotanas. Mientras, miles de mujeres siguen abortando, pagando en dinero y padecimientos, a veces muriendo, siempre sufriendo; consideradas -de paso- delincuentes por una Ley absurda.

El Presidente Vázquez pretendió imponer a todos los ciudadanos del país una opinión personal al respecto, muy respetable por cierto, pero que -seguramente- poco tuvo que ver con el hecho de que el 50% de los habilitados le votara para ese cargo.

El segundo desborde autoritario en un año (el del humo de tabaco me benefició, pero no deja de serlo) me saca de la cueva del auto exilio temático, no para señalar debilidades en el discurso del Gobierno (difícilmente sean peores que las que vi desde dentro en quince años de intentar hacer algo), sino para exhortar a cada uno a reclamar para la sí la decisión; ya que -una vez más- el sistema político se muestra incompetente para resolver los problemas de verdad, pero esta vez esa incompetencia no nos cuesta plata, imagen nacional y esfuerzo personal, sino dolor y vidas.

Ningún Presidente es el dueño del Gobierno, ni mucho menos de la verdad. Sus opiniones valen uno, como las de cada uno de nosotros. Uno, como su voto. El día de la consulta popular, que lo haga valer.

Los legisladores no andan mucho mejor en el tema.

Dado que los Programas de Gobierno de todos los Partidos son un catálogo de vaguedades que mal señalan una orientación general en el mejor de los casos, o un cúmulo de intenciones las más de las veces; los representantes del electorado cuando votan una Ley no representan la opinión de nadie salvo la suya, o la del que más o menos los "lidera", que no es lo mismo pero es igual.

Casi nadie que los vota los conoce de verdad, ni sabe lo que piensan acerca de los temas verdaderamente importantes para la gente. Se les otorga (en un ejercicio de fe sorprendente para un pueblo agnóstico) un crédito, una especie de cheque en blanco, y se ejerce con ellos una benevolencia a la hora de analizar conductas, digna de mejor causa.

En el tema de la penalización del aborto, actúan con total prescindencia de la opinión de sus votantes (pues no la conocen), imponiéndonos sus convicciones personales, y generando mayorías aún más circunstanciales que lo habitual. Salga lo que salga de Comisiones y Plenarios, es y será así.

La única solución real es un plebiscito, aunque ello implique que -una vez más- nuestro sistema político no consiga generar soluciones (que es para lo que existe) y le pase el fardo a la gente.

Por esta vez, gracias.

Déjennos definir en la soledad del cuarto secreto, de acuerdo con nuestro pensamiento y conciencia, un tema en el que el Estado nunca debió intervenir.

No hay que olvidarse que aborto sí o no, no será el centro del debate plebiscitario, pues la población ya decidió ese tema, sin votos ni leyes de por medio. La prueba es que son -por lo menos- casi tantos más los embarazos que se interrumpen que los que se permite cursar; pese a los altos costos o a los enormes riesgos que implica realizarse un aborto, que aumentan en proporción inversa al nivel económico y cultural de la paciente.

El tema será, pues, si se las continúa o no persiguiendo policial y judicialmente; esto es: si -con nuestra autorización y mandato- el Estado que nos representa sigue convirtiendo en delincuentes a quienes más sufren y promoviendo un negocio próspero para los oportunistas.

Por no tener la menor importancia, pero sobre todo para respetar el espíritu que me inspira al redactar este mail, no daré mi opinión acerca del fondo del tema. Nunca.

Tengo para mí que hablar sobre el aborto significa ejercer una presión absolutamente indebida sobre la única persona que puede (y debería hacerlo en total libertad) tomar la decisión de gestar o no una vida en su vientre, y darse o no la posibilidad de cambiar (en el sentido que sea) su vida y la de otro. SU vientre. SU hijo. SUS vidas.

Nadie debería incidir en esa decisión. El Presidente, los legisladores, la Policía, ni el Juez; pero tampoco Mamá, Papá, la amiga, el primo, el vecino, la maestra, el Cura o el pelado.

Sé de madres profundamente comprometidas con la Iglesia Católica, que han decidido abortar por las más diversas razones, como sé de otras, carentes de toda confesión eclesiástica o religiosa, que encuentran la forma de creer, y deciden seguir adelante aún en las peores circunstancias. No las juzgo: es cosa de cada uno, e insisto: nadie debería intervenir.

Quien quiera saber qué siente y piensa (de verdad) acerca de lo que hace una mujer embarazada con su vida y la de su nonato, que se embarace como ella, y viva sus circunstancias. Que, como dice el proverbio, " use sus zapatos y cargue su mochila". Después de hacerlo, tal vez no piense ni sienta lo mismo que ahora, desde la comodidad de hablar de los problemas de otro.

Si no puede hacerlo, al menos no se meta. Ni siquiera a opinar. Mucho menos azuce al monstruo bobo del Estado en su rol represor, ni a su (así denominada) Justicia.

Hoy, en esto, más que nunca, laissez faire, laissez passer.

Hoy, y siempre, la solución que garantice mayor libertad. Y responsabilidad, su hermana gemela.

Hoy, más que nunca, libertad para optar, respeto por la opción de los demás, y silencio.

Con él y en él, se piensa mejor.

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